“Con Lina no hay una historia del estilo ‘me salvó de morir asfixiado en el incendio de la casa’, pero ella es bastante simpática”. “Con Lina no hay una historia del estilo ‘me salvó de morir asfixiado en el incendio de la casa’, pero ella es bastante simpática”. Foto: Karen Salamanca

Toda una caricatura

Bien podría tratarse de otra de sus creaciones de humor gráfico. Lina fue adoptada por Vladdo hace cinco años y el único truco que ha aprendido es cerrar la nevera. Expresa su cariño con gruñidos y, según su dueño, es cariñosa hasta con los ladrones. Esta es la historia del ilustrador y sus mascotas.

Texto: Juan David Montes S.
Maquillaje: Edwin Beltrán 

“Si la Vladdomanía de esta semana queda mal es culpa de ustedes”, dice Vladdo mientras camina por la sala de su apartamento, que en esta ocasión se encuentra invadida por cámaras y reflectores. No ha terminado la sesión de fotos junto a Lina, cuando un equipo de producción de comerciales ha llegado para grabarlo mientras promociona un concurso de cortos hechos con teléfonos móviles.

Entre tanto, Lina se desplaza tranquila por los rincones que quedan al descubierto, sin alterarse en lo más mínimo por la presencia de tantas personas. Así es ella: “le abre las puertas a los ladrones si es posible”, comenta su dueño para describir tal nobleza. 

La grabación del comercial culmina y Vladimir Flórez, como en realidad se llama, toma un descanso mientras recuerda el historial de mascotas que lo han acompañado, desde su infancia en Armenia. El primero fue un pastor alemán, que a ciencia cierta no recuerda si era de raza certificada, aunque recalca que eso a él no le importa.

Se llamaba Conde y su pelaje era de color negro. Lamentablemente, murió atropellado por un carro. Esta pérdida no fue tan dolorosa para el talento en potencia de los trazos, gracias a la compañía de otro canino: Solin, de quien afirma con certeza que era un gozque. Su nombre fue tomado del compañero de Kalimán, el protagonista del programa radial que antecedió a los superhéroes de Marvel y DC Comics. 

También tuvo un pato, que tuvo la mala suerte de dar sus primeros pasos hacia las proximidades de un caballo que lo aplastó con una de sus pezuñas. Y entre la multitud de conejos que tenían en su casa, Pepe fue el único sobreviviente al destino como piel o plato principal, que le esperó al resto de sus congéneres. “A los otros ni les poníamos nombres, para no personalizar la cosa, pero era una finca y había muchos conejos; a Pepe lo cuidábamos y lo queríamos, mientras que a los otros nos los comíamos sin ningún remordimiento”, recuerda Vladdo.

Vladdo al rescate

Con su llegada a Bogotá, la cantidad de fauna doméstica a su alcance se redujo a cero. Primero vivía en la casa de sus tías y las intenciones de adoptar un can solo surgieron a partir de un encuentro inesperado.

“Estaba caminando por El Campín, cuando vi que en el caño de la Avenida 30, en la parte de abajo, donde termina el pasto y empieza el concreto, había un perro. Iba andando de un lado para otro, con un bozal. Era un pastor alemán. Lo vi solo y no había nadie por ahí. Yo estaba con un amigo y le dije: “ese perrito está perdido”. No tenía collar, ni cadena, ni placa, nada de eso. Además, estaba muy flaco. Debía llevar varios días sin comer”.

Así que Vladdo decidió ir a la panadería más cercana para comprar una bolsa de pan. Luego bajó hacia donde estaba el perro, justo en el borde del caño con el pasto. Cuenta que el cuadrúpedo se emocionó tanto cuando vio el pan que, justo después de que su bozal fuera retirado, lo empezó a devorar con ansias. 

“El perro se vino con nosotros”, –añade– “Yo estaba con Gustavo del Castillo, mi mejor amigo de toda la vida. Primero fuimos a la casa de él y nos dijeron: “ni de riesgos, aquí no entra un perro”. Luego fuimos a mi casa y la negativa también fue rotunda”. Por fortuna, ambos lograron enviar al perro a una finca. 

Tiempo más tarde recibieron algunas noticias que decían que todo iba bien, luego, perdieron el contacto. “No supe más y no quise saber más, para que no me dijeran que murió”, comenta el creador de Aleida, personaje de quien sospecha tiene un felino: “A Aleida una vez la vi con un gato, yo creo que hasta ahí llega la “mascotería” de ella. Dice que ella es como los gatos, cuando no le huye a un perro anda detrás de una rata. Eso le suele pasar mucho a las mujeres”.

Su oportunidad de adoptar llegaría de a pocos, gracias a las visitas frecuentes de una gozque a la casa de su hermano, en el barrio bogotano Quinta Camacho. Cada vez eran más largas sus estadías en el patio hasta que se convirtió en una residente del hogar. Vladdo recuerda que parecía una hiena por el contraste de su hocico negro con el resto de su pelaje, de tono café.

Después sería el turno de Junior, cuando compartía un apartamento con varios amigos. Era un cocker spaniel aficionado a las chocolatinas. Si alguien tenía rastros de chocolate en su bolso, hacía hasta lo imposible por obtenerlo. Ante el conocido riesgo de lo que el cacao produce en la salud canina, Vladdo recuerda las palabras del veterinario de Junior: “le pueden dar una chocolatina de vez en cuando, que le quite unos días de vida no importa, pero los otros días que tiene va a ser feliz”. Aquel cocker murió de viejo, pero en la mente del caricaturista permanece aquella ocasión en la que el perro ingirió un trago de brandy: “caminaba en zigzag y amaneció con guayabo. Se quedó todo el día echado, era puro guayabo, solo tomaba agua. ¡Qué pecado! No le pasó nada. Dormía y tomaba agua, él que era todo tragón”.

Linamanía

La idea de tener un perro en su apartamento actual fue en realidad de su hija, con quien pasa los fines de semana. Ella propuso que él tuviera al animal durante sus primeros días y, cuando ya estuviera educado, viviría con ella. Ya han pasado cinco años y Lina es habitante permanente del hogar de Vladdo.

“Unas amigas me dijeron que adoptara en lugar de comprar y me pareció buena idea”. Ellas, quienes sugirieron darle una oportunidad a todos aquellos perros que no cuentan con pedigrí, se llamaban Carolina y Lina. En su honor, Vladdo le puso Lina a la cachorra que encontró en una veterinaria, “llena de motas y parásitos, temblorosa”. “La vi y ahí mismo dije: ¡Listo, la cojo!”.

Vladdo no ha hecho caricaturas de Lina, dice que no retrata de esta manera a sus seres queridos, que no mezcla el placer con los negocios; pero, son varias las ocasiones que ameritan, al menos, una tira cómica. “Cuando estaba pequeña, yo tenía un perro de juguete que traje de Miami, y venía con una cama. Pues un día llegué y encontré al perro despaturrado, con la piel toda arrancada y ella echada en la cama del perro. Le dio una muenda al perro por puros celos”, recuerda entre risas. 

Aunque se trate de la hija –o novia– de su dueño, Lina no deja a un lado los celos. “Es muy perritorial”, comenta Vladdo, famoso por los juegos de palabras que acompañan a sus caricaturas. 

El hombre que hace reír a todo un país, en medio de su tragicomedia política, sonríe con las sencillas anécdotas de su compañera perruna: “yo le digo a Lina que no se suba a los muebles. Entonces, cuando llego y la encuentro en uno de ellos, la castigo. El castigo es que la mando para el baño y la dejo allá un rato. A veces llego y ella no se da cuenta y, cuando me ve desde el sofá, sale corriendo para el baño antes de que yo le diga algo. Ella misma se castiga. Sabe que le figura irse para allá. Me mira como diciendo “sí, ya voy”.

¡No te pierdas los chistes que hizo Vladdo durante su sesión de fotos, en la versión iPad de la revista 4Patas!

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