Jerónimo, el valiente

Una lesión de columna irreversible lo dejó sin movilidad en sus patas traseras, pero su espíritu esforzado le ha permitido vivir como otros perros. Mucho más ahora que tiene una familia.

Adriana Yepes y José González viajaron a Pereira con un solo motivo: conocer al pequeño salchicha del que ya se habían enamorado a través de la cuenta de Instagram del refugio Huellas de Amor.

La primera publicación que hizo el lugar sobre ‘Jerónimo’ apareció en mayo de 2017 y mostraba a un cachorro atropellado y abandonado por sus dueños. La segunda, en la clínica veterinaria, informaba que no tenía daños internos pero sufría de una lesión de columna sin vuelta atrás. Y las siguientes eran esperanzadoras, de ‘Jero’ en recuperación, aprendiendo a moverse con sus patas delanteras y a usar una especie de silla de ruedas canina que le permitía caminar.

Adriana, ingeniera forestal, y José, ecólogo, siguieron la historia. Ya tenían a Moai, otro dachshund (salchicha) de color rojizo. Al poco tiempo, viajaron desde Bogotá dispuestos a adoptar a Jerónimo.

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Al llegar al refugio, ubicado a las afueras de la capital risaraldense, Manuela Rodríguez —su fundadora— los recibió para presentarles al pequeño salchicha de ocho meses de edad. “Lo primero que nos dijo fue que siempre debía usar pañal. Nunca habían entregado en adopción a un perro con discapacidad y sentía temor. Fue muy insistente en las complicaciones que significaba y en todo lo que nos iba a cambiar la vida con él, pero nosotros ya teníamos en mente que, si nos dejaba, nos lo íbamos a traer”, recuerda Adriana.

Según las rescatistas del refugio, a Jerónimo lo descuidaron desde bebé. Un carro lo atropelló y su dueño se demoró casi 15 días en consultar al veterinario. Cuando por fin lo llevó, ya no había nada por hacer. Ante las dificultades que le representaba un perro inválido, su amo decidió pedir la eutanasia. “Por suerte, una persona de la clínica contactó a Huellas de Amor y, después de mucho tiempo, lograron convencerlo de entregarlo y de no sacrificarlo”, cuenta José.

La familia González Yepes fue perfecta para Jero. Por un lado, ya tenían un salchicha y sabían de los cuidados extremos que requiere la raza debido a sus cortas patas. Incluso habían quitado la base de la cama para evitar que Moai saltara y habían comprado rampas para que se subiera a los muebles con facilidad; por otro lado, ambos esposos estaban dispuestos a comprometerse a largo plazo con él, pues en su mente no cabía la idea de devolverlo si las cosas no resultaban bien.

Poco a poco, José y Adriana fueron adaptando sus rutinas a las de sus dos salchichas: compraron un traje especial para Jerónimo, el cual permite que no se le derrame la orina por todo el cuerpo. Así mismo, le mandaron a hacer un nuevo carrito pues el primero se le quedó pequeño y se cercioraron de fomentar la buena relación entre ambos caninos.

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“Es un perrito feliz. Uno muchas veces se levanta aburrido con la vida, pero él contagia felicidad”, dice Adriana, quien además asegura que Jero es, incluso, más valiente que Moai: baja escaleras, nada en la piscina, corre por sus juguetes y se enfrenta a mascotas más grandes cuando sale a pasear. “Como cualquier perro, enseña paciencia”, concluye José, para quien su ‘bebé’ es todo un ejemplo de vida.

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