Misha, la gata del café

Ni el abandono ni una grave enfermedad intestinal lograron opacar las ganas de vivir de la primera gata rescatada del Calico Cat Café. Gracias al amor que le brindan los dueños y visitantes del lugar, hoy se encuentra sana y feliz.

A finales de agosto del año pasado, la veterinaria Dadilde Carvajal vio una publicación en Facebook que la dejó pensativa. Se trataba de un llamado de auxilio —de esos que abundan en las redes sociales— que buscaba hogar para una pequeña gata abandonada. El pelo se le veía opaco y tosco, y una barriga muy redonda advertía que algo andaba mal.

Nadie respondía. Dadilde, entonces, le escribió a la responsable del post, una joven de 26 años que cuidaba de Misha, como la bautizó luego de encontrarla en medio de una avenida empapada por la lluvia. Llevaban juntas un mes y medio y la joven la mantenía en una habitación arrendada del barrio Restrepo, en Bogotá, en donde vivía y donde logró camuflarla: la dueña no se la permitía tener y, de no encontrar un hogar de inmediato, no sabría qué hacer con la gata.

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A los pocos días, Misha llegó a la casa de María Lucila Gutiérrez y Darwin Carvajal, la mamá y el hermano menor de Dadilde. Recorrió cada esquina, caminó sobre los muebles, corrió de un lado a otro moviendo su cola y encontró en la cama de Darwin el sitio para acostarse boca arriba y permitir que le acariciaran la panza.

Los enamoró. “Les dio mucha luz”, dice Dadilde.

Su equipaje era sencillo: un poco de concentrado, media bolsa de arena y su arenero. También cargaba unas ganas inmensas de jugar, de amar y de ser amada.

Después de varios exámenes rutinarios y de sangre, Misha inició un tratamiento contra los parásitos que amenazaban una torsión intestinal. Empezó a comer más seguido y a jugar, y en semana y media lucía irreconocible.

Quince días más tarde, a Misha le llegó compañía. Primero fueron Tisu y Kaloo, dos gatos negros rescatados de una veterinaria donde los estaban ofertando. Luego Salem, encontrado por una rescatista de perros quien, para evitar que los caninos le hicieran daño, lo dio en adopción. Más tarde se unieron Prince, Aldofito, Sowie, Jackie y doña Gladys. Bajo el mismo techo, todos se convirtieron en el último impulso que necesitaba Dadilde para concretar su sueño de abrir un cat café que le permitiera ayudar a reducir los índices de abandono animal.

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En octubre de 2017, la gata y sus amigos fueron trasladados hasta el Calico Cat Café, nombrado así en honor a la raza de Misha. Aunque a sus dueños les preocupaba que presentaran alteraciones en el comportamiento, esta cuadrilla de mininos les demostró que ya no temen y agradecen el bienestar. Ahora, cualquiera que visita el establecimiento puede ingresar a los cuartos de los gatos —dotados de camas, bebederos, juguetes, cobijas y rascadores— y acariciarlos.

A sus seis meses, Misha goza de una nueva familia y está sana. Aunque duerme la mayor parte del día, aprovecha el atardecer para corretear y disfrutar de cualquier muestra de cariño.

“Es su forma de decir ‘¡gracias!’”, advierte Dadilde.

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