Terapias para recordar

Katy murió el 22 de agosto de 2017, después de 16 años a mi lado. Solo alguien que haya sufrido la pérdida de su mascota entiende cómo han sido estos días sin ella.

Por Natalia Perdigón.

Después de algunos años, uno empieza a sentir que cualquier fin de semana puede ser el último. Muchas veces uno siente miedo. Yo, por lo menos, creo que empecé a llorar por Katy casi un año antes de su muerte. Cuando dejó de conocerme. Cuando no salía a recibirme al llegar a la casa. Cuando se hizo evidente el paso del tiempo.

Katy era una french poodle de las que se conocen como ‘tacita de té’. Mi papá me la regaló cuando yo tenía 11 años y ella tan solo, tres meses de vida. Desde siempre la vi como mi hija
–dentro de lo que cabe ser madre a esa edad y de lo que puede representar ahora–. Al menos, siempre la narré así: “Mi Katy, mi hija”. Pero la realidad es que crecimos juntas, sobre todo los primeros años. De entonces no tengo fotos ni muchos recuerdos.

El primero que aparece en mi mente fue cuando cumplí 15 años y me tomé mi foto de quinceañera con ella, que sale con el capul pintado de rosado. Las boberías de la edad.

En tanto, mi familia siempre la vio como otra hija, como otra hermana. Y su muerte les ha dolido tanto como a mí.

Ese martes a mediodía, recibí una llamada de mi mamá diciéndome que Katy se había muerto. Desde principios de este año, y por cuestiones de la edad (con todo lo frustrante e impotente que puede resultar esa frase), se le había crecido el corazón. Estaba tan grande que le restaba espacio a la tráquea y a los pulmones. El veterinario nos había advertido de su condición y que la llegada de los primeros desmayos, a causa de la falta de oxígeno, sería el fin.

Y así pasó. Cuando llegué a la casa, a la media hora de la llamada angustiante de mi mamá, Katy había vuelto en sí. Aún no se había muerto y estaba esperándome para lo que fuera que tuviera que pasar. Le hizo bien a ella y me hizo aún más bien a mí.

La alcé, nos fuimos a urgencias, no había nada más por hacer. No la solté en ningún momento.  La pesaron, la sedaron, la durmieron. Su cuerpito, de tres kilos y medio, se sacudió levemente a medida que le entraba el líquido en sus venas.  

En uno de sus poemas, Juan Gelman escribe: “Estoy pegado al empedrado con sangre donde mi perro se murió”. Yo siento lo mismo, aunque no hubiera visto la sangre de ella. Casi una hora antes de que muriera estuvo agonizando entre mis brazos, sin lograr pararse, casi sin poder respirar. Katy tuvo miedo y yo tenía que sostenerla, estar con ella, acompañarla como ella lo hizo conmigo por tantos años. 

Ese se convirtió en mi último recuerdo, aunque todos los días desde entonces intento pensarla diferente.

En ese camino de duelo, de rociar todos los días una matica en nombre de ella, de seguir la hoja de tips que me dieron en la funeraria, de dejar de lado la tristeza y el sentimiento de abandono cuando pienso en que ella se fue y me dejó, conocí el trabajo de un excelente pintor.

La imagen que abre este artículo fue hecha por Alexander Mariño, creador de Color Pet. “Muy pocas personas entienden lo que es perder un compañero”, me dijo cuando lo contacté para hacer un cuadro en honor a Katy.

Alexander no es artista de profesión, pero a través de la pintura encontró la forma de superar la muerte de su perra Lola, una bulldog inglés que murió a los cuatro años a causa de un paro respiratorio.

“Quizás ese primer cuadro que hice no fue con mucha experiencia, pero sí con mucho sentimiento”, recordó mientras conversábamos hace unos cuantos días en Bogotá.

Alexander tiene 30 años y ha hecho más de 200 pinturas, que en su mayoría corresponden a perros que han muerto recientemente. “Yo busco recordar la alegría que transmitían, por eso el colorido de los cuadros”, me dijo mientras plasmaba a Katy en un lienzo de 120 x 90 cm.

Sus cuadros han llegado hasta México, Estados Unidos y Canadá. El mío –el de ella– está colgado en la sala de mi casa. Todos los días lo veo, la veo, y me voy sintiendo mejor. La matica, el cofre de sus cenizas, los tips, pero sobre todo verla, saludarla.

Darse cuenta de que no son eternos.

Foto: Clara Moreno. Retrato: Alexander Mariño (@color_pet).

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