Irene se adueñó de la casa de Iván Lalinde, y también de su corazón. Irene se adueñó de la casa de Iván Lalinde, y también de su corazón. Foto: Karen Salamanca

Iván Lalinde, tras las huellas de una gata elegante

Antes de adoptar a su gata, el presentador Iván Lalinde sentía miedo por los felinos. No obstante, con la llegada de Irene, su vida cambió por completo. Hoy, disfruta profundamente de su compañía y la pequeña es su adoración.

Texto: Mónica Diago R. 

El apartamento de Iván Lalinde es un lugar luminoso. El Sol se filtra por todos los rincones, incluso por el techo, que en varias zonas de la casa es transparente y deja al descubierto poderosos destellos. En la noche, las lámparas transforman esa luz que entra por las ventanas en sombras. Y son dichas sombras el juego preferido de Irene, la gata de Iván.

Recostado en una de sus sillas de ‘tela de colchón’, como él mismo las llama, el presentador realiza formas con sus manos. Imita halcones, perros, águilas, murciélagos; y todo esto ocurre en silencio, porque Irene –que sufre de sordera– no puede escuchar a su amo juguetear, pero sí puede verlo y entretenerse.

Saltando de un sofá a otro, la gata blanca persigue con rapidez las sombras, las toca con la pata, les mantiene la mirada. “Es su actividad preferida. El juego de luces le encanta”, afirma Iván.

Irene llegó a su vida sin mucha planeación. De hecho, nunca fue amante de los gatos: “Me generaban mucho respeto, algo de miedo, pero veía que todos mis amigos se hacían cada vez más fanáticos de los felinos, entonces empecé a verlos de otra manera”, cuenta el presentador.

Una de sus grandes amigas lo convenció de adoptar una gata abandonada que había sido encontrada en la cancha deportiva de un colegio. Tenía signos visibles de maltrato y calcularle la edad o la procedencia era imposible. Lo único que Iván logró descubrir –cuando llegó a su casa y le presentó a Irene su nuevo hogar– es que no podía oír, y que no sabía si había nacido con esta deficiencia o si se trataba de una de las secuelas del maltrato padecido.

Pensar en el nombre no fue una tarea complicada. La casa del presentador es una sede habitual de las reuniones de sus amigos, “es como la casa de la tía Irene”, dice; por lo que decidió llamar así a su nueva mascota. Aunque no es muy sociable, la gata ya tiene confianza con los visitantes frecuentes. Les ronronea, camina debajo de sus piernas, les hace saber que están en su hogar, en el hogar de Irene.

“Es que esta ya no es mi casa, ahora para todo hay que pedirle permiso a ella. Se ha apropiado de los espacios de una manera impresionante. Por ejemplo, en las mañanas le gusta asolearse en la mesa del comedor, así que para sentarse a desayunar hay que contar con su visto bueno. Se trepa con mucha destreza a todos los lugares altos, pero en la terraza sí debo tener mucho cuidado porque salta, así que cuando está allí no le despego la mirada”, nos cuenta.

A las 4.30 de la mañana, cuando Iván se levanta a hacer ejercicio en uno de los parques del barrio Chapinero, donde vive, Irene apenas está terminando ‘la hora del gato’. “Es un momento especial que tienen los felinos cuando se les dispara la adrenalina. Corren de un lado a otro y muerden cosas. Supe que se denominaba así porque desde que tengo a mi mascota leo mucho sobre animales”.

Una vez ha terminado su rutina de cardio y pesas, Iván se dedica a ella. Le cambia la arena, le pone agua con hielo y la saca un rato a la terraza. Le da su alimento y, si se ha portado bien, le regala una galleta de premio. Y aunque tiene establecida una rutina, con Irene cada día es diferente. “Es arrancar de cero cada mañana porque no sé cómo va a despertar. No es la más ‘querendona’ ni cariñosa. Al contrario, es muy independiente. Un día puede acurrucarse a mi lado y al siguiente no se me acerca; es realmente impredecible”.

Este es un trabajo diario que Iván ha aprendido a llevar con mucha perseverancia, pues descubrió en su mascota una gran compañía. “Más que decir que los gatos se convirtieron en una moda, yo creo que es una cuestión del hombre moderno. Debido a la soledad y a las nuevas dinámicas, la gente busca una compañía, y un gato no representa tanto trabajo como un perro, por ejemplo. Se puede quedar sola sin ningún problema, entre otras virtudes. Yo tan solo me demoro 10 minutos atendiéndola”.

Lo que le demanda más tiempo, quizá, es quitar los pelos de su ropa. En cada esquina de su casa hay un rodillo de cinta pegante con el que el presentador limpia su atuendo antes de salir. “Es lo único que me ha costado mucho trabajo, ¡los pelos! Pero como todo tiene solución, yo la llevo a la veterinaria y allá la tusan. Fin del problema. Aunque entre las cosas más traumáticas para ella están las salidas. Se pone muy nerviosa cada que vez que vamos por la calle. Creo que es parte de su pasado, de lo que vivió antes”.

Iván siempre ha estado rodeado de animales. Varios años atrás vivió en La Calera (a las afueras de Bogotá), en donde tenía un labrador y un gato. También tuvo peces. De hecho, ha pensado en adoptar otro minino pero teme que pueda generar rivalidades con su actual mascota, entonces prefiere esperar.

En cuanto a la actitud de muchos de sus colegas que dedican buena parte de su tiempo y su trabajo a hacer activismo en pro de los animales indefensos, Iván tiene una posición clara: “Soy muy poco activista con este tema. Creo que a cada quien le llega su momento de conectarse o no con los animales, pero es una elección individual que no debe ser mediada por tantos factores externos. Admiro mucho a mis compañeros que sí lo hacen, que son fieles a las redes sociales y a las iniciativas en pro de los animales, pero por el momento yo no tengo esa motivación”.

Lo que sí lo motiva es la lectura de libros sobre ‘curiosidades’ de los gatos. Últimamente dedica buena parte de su tiempo a conocer qué puede causar bienestar en su mascota y qué puede alterarla. “Instruirme en este tema ha sido muy interesante. Por ejemplo, descubrí que el ronroneo de los gatos es un relajante para el hombre. Si tú llegas a casa y tuviste un mal día o estás estresado, este sonido te ayuda a controlar las malas energías, ¡eso es fantástico!”, explica Iván mientras acaricia a su inmaculada gata. “Así me haga un par de daños en la casa, como el día en que me tumbó los frascos del baño, o cosas de ese tipo, yo llego al apartamento, la veo y pienso que tengo la blanquita más hermosa de Bogotá, la más elegante y la más independiente. Mi Irene es una bendición”.

Encuentra aquí la invitación de Iván Lalinde a leer 4PATAS

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