Los gatos de Clara López

Mucho se sabe de su vocación política, pero poco se ha hablado de su gran pasión por los animales. Clara López, candidata a la Alcaldía de Bogotá, nos cuenta por qué cuatro pequeños felinos robaron su corazón y se han convertido en parte de su familia.

Texto: Laura Orozco C.

El primero, ‘Gato No.1’, llegó a sus manos como un regalo de su nieto hace aproximadamente ocho años, cuando era tan solo un cachorro. Al segundo, ‘No.2’, lo recogió en una frutería tras preguntar si tenía dueño y recibir como respuesta que nadie lo quería allí. Finalmente, los hermanos ‘No. 3’ y ‘No. 4’, fueron adoptados y sacados de la calle hace poco más de un mes, después de que la madre de estos murió.

En la casa de Clara los felinos están jerarquizados y apodados por orden de llegada. Ambrosio es el líder del cuarteto. Es el más viejo de todos, algo gruñón, y también tímido. Lleva el nombre del tatarabuelo de su dueña porque, como ella misma dice, “siempre le he puesto a los animales nombres de la gente que quiero y admiro, muy distinto a lo que hacía Manuelita Sáenz, que le ponía a los perros los nombres de los enemigos de Bolívar. Ambrosio López fue el fundador de las sociedades democráticas a mediados del siglo XIX, un hombre revolucionario”.

‘Gato No. 2’, o Atarvis, suena más a una especie de videojuego que a la verdadera historia de su nombre. Después de ser recogido fue llamado Atarván por su temperamento serio y antipático; sin embargo, a medida que pasaba el tiempo y la ternura empezaba a aflorar, Clara decidió rebautizarlo porque se transformó en una mascota muy amorosa. Es también el más protector –y peludo– de los cuatro, tanto que ya se ha convertido en el papá sustituto de los mininos recién llegados.

Por su parte, ‘No. 3’ y ‘No. 4’, encontrados en la calle luego de que su madre fuera atropellada por un auto, eran frecuentes visitantes del comedor comunitario para gatos que Clara y su esposo, Carlos Romero, crearon en el antejardín del edificio. “Todos los días bajamos las cocas y les ponemos comida, y se alimentan más o menos ocho animales. Siempre son casi los mismos, los conocemos y estamos pendientes de ellos”, cuenta complacida.

Sus nombres son Rufino y Gato con Botas. El primero, porque cuando Clara tuvo que salir del país por razones de seguridad, dejó una gata llamada Rufina que no encontró a su regreso, y que podría estar emparentada con los nuevos gaticos que existen en el vecindario. Y el segundo, por una obvia razón: sus paticas blancas parecen botines.

Un amor de toda la vida

El cariño que Clara guarda por los felinos no es nuevo. Siempre ha tenido gatos y con todos ha logrado encariñarse muchísimo, aunque reconoce que Atarvis es el más dulce y agradecido. Seguramente no solo por haber sido recogido de la calle, sino porque fue encontrado increíblemente hambriento, con muchas garrapatas y en grave peligro de morir.

Entre los grados primero y segundo de primaria, siendo tan solo una niña, Clara empezó a demostrar sus dotes políticos combinados con su preocupación por los animales. Su inaugural campaña, mucho antes de la que realizó por la presidencia de Colombia y de todas las que ha llevado a cabo en su larga carrera, fue en pro del reconocimiento de los gatos y perros como seres con alma.

Así, después de haber escuchado en su clase de religión que estos animales de cuatro patas no tenían sentimientos, emociones, voluntad, ni capacidad de decisión, la pequeña activista pidió que el Papa y la Iglesia Católica se retractaran. Aunque fue una travesura de niña, le costó poder realizar su primera comunión con sus compañeros de curso.

Entre gatos y perros

Los gatos no han sido su única pasión, pues Clara también adora a los perros. De hecho, Tongo debería apodarse ‘No. 3’, pues llegó de tercero a la casa, después de Ambrosio y Atarbis. Este, como un símbolo de nobleza, vive bajo la ley de los felinos mayores, quienes por jerarquía se ganaron el derecho a ser respetados por el can.

“Los gatos son independientes, de un solo amo, no quieren a todo el mundo, todos son distintos, y son inteligentísimos. Los he visto hacer cosas asombrosas. Rufina sabía abrir las puertas, se encaramaba hasta que lo lograba. Ellos siempre me traen todos sus trofeos y son una gran compañía”, describe Clara con admiración. También asegura que, por el contrario, “los perros lloran con uno, mientras los felinos no”.

Si de los perros se aprende la fidelidad, la amistad sincera y el perdón; de los gatos Clara ha imitado la paciencia. Para ella basta con ver un felino en el momento de la cacería para entender de qué se trata este valor escaso. “Uno tiende a ser demasiado impulsivo y este animal nunca lo es. Piensan y actúan, nunca al contrario, y esa es una lección gatuna”, dice.

Ellos mandan

Los cuatro mininos son el alma del hogar. Algunas veces escondidos debajo de los escaparates, otras llenando los muebles de pelos grises o subidos encima de su esquina favorita del comedor –en la que se alimentan con sus amos y reciben de ellos pedacitos de salmón o de pollo–, siempre se roban la atención de Clara, su esposo y de las personas que trabajan junto a ellos.

Antes de ir a dormir, cumplen con el rito de subirse todos a la cama de sus dueños para tener un pequeño tiempo de socialización y de compartir en familia; luego, cada uno va a su cama. Así mismo, fue Clara quien le contagió la pasión a Carlos Romero. “Mi esposo no era amigo de los animales, pero hace varios años me dijo que una de las cosas que más me agradecía era que le había enseñado a quererlos. Hoy pienso que los gatos han entendido que somos una pareja y que ellos son de ambos. Por ejemplo, cuando Carlos estaba enfermo, permanecían muy atentos y no lo dejaban solo”.

Además de lindos, son necios cuando quieren. Una de las anécdotas más recordada por Clara fue la ocasión en que le tendieron una trampa a un pájaro copetón, hicieron que entrara a la casa y lo agarraron. “Logré sacárselos de las fauces. Son unos muérganos, aquí no hay un zancudo, una mosca o una polilla, ellos las ven y las cazan, se pueden demorar tres días pero lo hacen”, dice riéndose.

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