Surfista del asfalto

No aprendió con piruetas como Tony Hawk, el skater más famoso del mundo. Baxter, uno de los pocos skater colombianos de cuatro patas, aprendió sobre un caimán de juguete en la sala de su apartamento y ahora rueda por los parques y pistas bogotanos a más de 40 kilómetros por hora cuando desciende.

Corre tan rápido como puede y frena ante las sombras de un par de ‘colegas’ humanos. Sus ladridos aumentan al tiempo que las tablas se deslizan por las pendientes de un parque de skateboarding en Bogotá. Baxter no deja de moverse. Se para en el borde de la pista e intenta, sin éxito, entrar: Angélica Sierra y David Carrascal, sus dueños, le advierten que no lo haga. No porque no quieran; todavía no es su turno.

Par minutos después, Baxter vuelve a ladrar. Muerde, rasguña con insistencia su tabla. La mira y luego mira a David, quien la agarra por uno de sus lados.

—No te voy a dar la patineta acá… Vamos a las sillas —le dice ante lo que entiende como una súplica de su bulldog.

Antes, un poco de agua para evitar otro golpe de calor. Ya ha sufrido tres y aunque son comunes en su raza, sus dueños se cuidan de que no vuelva a pasar. Nunca olvidan su botella cuando salen a la calle.

Aunque no ha entrado a la pista todavía, Baxter monta con destreza sus 30 kilos sobre su tabla a unos metros y rueda sobre el asfalto del parque: primero sube una pata para impulsarse con las otras tres, le abre campo a una segunda pata que despega del suelo, sube una tercera y termina acelerando solo con la última. Con la velocidad, el aire hace que los pliegues de su boca vibren y, con todo su cuerpo arriba de la tabla, demuestra un equilibrio prodigioso.

Hace calor, ruedan más tablas. Y mientras el bulldog bordea el parque en su patineta, un fondo de colores vivos y grafitis de todos los tamaños adorna su recorrido.

Baxter se acerca de nuevo con su lengua afuera y un par de ladridos. Según Angélica, pregunta si ya es su turno de entrar a la rampa. Lo lleva, David le pide ayuda a otro skater para acomodarlo y el bulldog, con fuerza, se impulsa de un lado al otro con su Longboard de 83 centímetros de largo y 21 de ancho. En realidad, el escenario es nuevo para él; jamás había entrado en una pista así. Mientras surfea nuevos asfaltos se le ve feliz intentando subir por las paredes.

—Y saber que todo empezó con un cocodrilo de ruedas naranjas y cuerpo verde —comenta David.

Fue hace cinco años. Ellos volvían a Colombia después de una temporada y su nueva vida tenía espacio suficiente para una mascota que, a petición de David —ingeniero civil que trabaja en distintos rincones del país—, debía ser floja y perezosa. Angélica —mujer de negocios y primeriza en el tema— terminó un domingo de junio —Día del Padre, por cierto— con el bulldog inglés de dos meses y medio, nariz rosada y cola corta que acababa de conocer en un criadero.

Baxter, el nombre, lo escogió ella.

—Dejé que ella le pusiera el nombre con la intención de que crearan un vínculo fuerte entre los dos. Y así ocurrió —dice David.

Cada paso en falso y cada ladrido agudo que empezaba a perfeccionar este bulldog era para ellos motivo de orgullo. El día en el que, por instinto o casualidad, descubrió su habilidad para patinar, también. Estaba en la sala de su apartamento y de repente montó su pata —del tamaño promedio de un cachorro de cuatro meses— en un caimán de juguete con ruedas que Angélica le había comprado.

Pero antes de llegar a la Longboard que hoy cuida con recelo, Baxter pasó por ocho o nueve tablas más. La primera, muy sencilla, con problemas de rodamientos y hasta estabilidad, terminó destrozada de tantas mordidas. La segunda fue hecha en casa. “Compré un trozo de madera, la mandé a cortar y escogí una lija suave, que no le raspara tanto las almohadillas de sus patas. Estos perros tienen dificultades para subirse a las patinetas, pues no cuentan con extremidades largas y, entonces, chocan muy seguido con las puntas, que generalmente son muy altas. Cuando le pasaba esto a Baxter, él mordía la tabla y corría el peligro de astillarse la encía. Preferí fabricarle una”, cuenta David.

Entre la tercera y la quinta escogieron una Penny de color y ruedas llamativas que aún conservan, con la que, además, miden el paso del tiempo: Baxter ni en su mejor esfuerzo, cabe ahora allí.

El mismo bulldog ha escogido sus tablas. Llega a un local especializado y desde antes de entrar, las conjeturas de su rostro van esbozando algo (quizá algo parecido a una sonrisa). Ladra, corre por todo el lugar y olfatea hasta que su nariz elige.

—A veces escoge la más cara. A la última tuve que cambiarle partes porque costaba mucho. Es importante, en todo caso, que tengan llantas de velocidad, rodamientos de buena calidad para que el perro no se esfuerce tanto y una madera óptima para evitar que se astille —explica David.

Baxter lleva cinco años patinando y un buen rato dentro de la rampa del parque de skate. Es más, ya va llegando al límite de su esfuerzo, porque a pesar de recorrer 10 kilómetros todos los domingos en ciclovía, su cuerpo no resiste demasiada exigencia.

—Gordo, vamos para afuera… ¡Baxter, se acabó el tiempo! ¡Tenemos que ir a almorzar!

De nuevo, lo cargan en brazos y sale más calmado, se le nota el cansancio.

—Hoy podemos comernos una hamburguesa, un perro caliente o las empanadas que tanto te gustan —le dice David a Baxter, que tiene una dieta flexible.

Angélica le acomoda el collar rojizo que siempre lleva el perro en su cuello y se van. Pasará una semana antes de que vuelva el domingo, el día de ‘surfear’ por las calles de Bogotá.

Que tu perro disfrute de un buen paseo depende, en gran parte, de la salud de sus extremidades. Aprende con estos consejos del experto a cuidar sus patas.

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